09.09.16

Curso de sen–civilización

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El affaire Alvarado–Juanga exhibió varios rasgos de nuestra cultura política.

En calidad de corregidor autoproclamado y abogado de una multitud ofendida, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), una dependencia de la Secretaría de Gobernación, “solicitó diversas medidas precautorias” al Sr. Nicolás Alvarado, entonces director de TVUNAM, por haber criticado la parafernalia de Juan Gabriel en un tono que el gobierno considera “discriminatorio” y contrario a “la dignidad de las personas de la diversidad sexual.”

Aunque el Sr. Alvarado escribió su opinión en un medio independiente, ajeno a su trabajo como funcionario público, se vio obligado a renunciar a TVUNAM y al menos escuchar (pues la renuncia lo eximió de obedecer) las medidas precautorias del gobierno, entre las cuales están: pedir una disculpa pública, no volver a expresarse en ese tono, usar su puesto para promover los derechos humanos –especialmente los de grupos vulnerables–, e incluso tomar un curso de sensibilización.

El affaire exhibió varios rasgos de nuestra cultura política que son adversos a la sociedad libre y moderna que (supongo) queremos formar.

Primero que nada, en México es peligroso ser impopular. La máxima de Oscar Wilde, quien intuía ir por buen camino siempre que la mayoría lo atacaba, es quimérica. Con toda seguridad, alguien –en este caso fue el gobierno, pero en otras ocasiones ha sido la Iglesia, los medios, empresarios, o grupillos moralistas– encauzará el enfado tribal contra el disidente. No protegerá al crítico de la caterva, sino asumirá el papel de justiciero popular. Como si lo importante no fuera proteger el derecho a expresarse y disentir, sino corregir al que difiere… no sea que ponga en entredicho nuestras convenciones.

“Para realizarse, la libertad debe encarar y enfrentarse a otra conciencia y a otra voluntad.”

Segundo, en México está prohibido criticar a los santos y a los ídolos. Sea Juan Gabriel o la Virgen de Guadalupe, meterse con los íconos que nos dan sentido es tabú. Somos, entonces, conservadores. De ahí nuestra histórica resistencia al cambio, a las nuevas ideas. Las códigos asumidos a priori son preferibles a la deliberación. No nos desafiamos: nos guardamos. Por eso somos particularmente susceptibles de la superstición, del abandono y del mal gobierno. Nos hizo falta la crítica: el siglo de Hume, Diderot y Kant.

Tercero, no hemos desmantelado nuestra tradición autoritaria del poder. Que el gobierno corrija a un periodista es una expresión inequívoca de paternalismo. Desde arriba se impone una moral pública que ni siquiera está hecha de libertades constitucionales, sino de recomendaciones maquiladas en la discrecionalidad. Se privilegia el manotazo de los guardianes ocultos, conocedores del buen camino. Peor aún, no es ni clara ni constante la norma: ¿Por qué el gobierno corrige a unos y no a otros? ¿Con qué criterios? ¿Qué protocolos? ¿Quién decide? ¿Por qué no merece répilica el acusado?

Cuarto, no sabemos leer. Aunque pretencioso, el artículo de Alvarado usa un tono marcadamente irónico que apela al humor de la audiencia, una vieja tradición en otros lares. La irritación confirma, otra vez, la ausencia de ese siglo: el siglo de Paine y Voltaire (no que Alvarado sea semejante a uno de ellos). Pero aun si desmenuzamos lo literal, no discrimina a nadie más que a sí mismo. Aclara que su “rechazo por el trabajo de Juan Gabriel” no puede ser homófobo sino en todo caso “clasista”, pues lo que le molesta de sus lentejuelas no es que sean “jotas” sino “nacas”, una pérdida que reconoce enteramente suya, imputable a una condición de clase que lo vuelve insensible al mal gusto y proclive a la alta cultura… de la cual, considera, Juan Gabriel no es partícipe. Parece que los ofendidos confundieron, como a menudo ocurre en México, significado con significante.

Sirvan así, las anteriores, como “medidas precautorias” para nuestra cultura política –especialmente para su pináculo, la autoridad–, o como un breve curso introductorio de sen-civilización ante la censura. Si tiene que venir en boca de un santo para que escuchen, no olviden a Octavio Paz en La tradición liberal: “para realizarse, la libertad debe encarar y enfrentarse a otra conciencia y a otra voluntad: el otro es, simultáneamente, el límite y la fuente de mi libertad.” El ejercicio de Alvarado pertenece a esa tradición; el del gobierno a la opuesta.