12.02.14

A media tinta: conversación con Don Luis de la Torre

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Un milagroso error de imprenta había quemado la tinta de Corona del Rosal y Martínez Manatou, que ahora aparecían completamente negros como sombras, mientras que Echeverría, al que no le habían dado color, aparecía resplandeciente como un sol.

 Tuve la enorme oportunidad de platicar con el maestro periodista Luis de la Torre, célebre caricaturista con una gran trayectoria a nivel nacional, sobre todo en la época dorada del PRI hegemónico, y me contó una historia de oficio que no sólo dilucida cómo funcionaba el periodismo en aquellas épocas de autoritarismo monárquico, sino que provoca gratitud, pues invita a concluir que hoy, indiscutiblemente, tenemos medios más libres.

A finales de los 60s, después de la matanza del 68, se peleaban la candidatura priista –o como se decía vulgarmente, “el dedazo”–, Alfonso Corona del Rosal, en ese entonces director del Departamento del Distrito Federal (DDF), Emilio Martínez Manatou, Secretario de la Presidencia, y el infame Luis Echeverría.

Así eran los medios en aquella época. Una publicación podía ponerse a temblar tras la designación de uno u otro candidato.

Para fortalecer su posición, Corona del Rosal se acercó al exitoso y carismático empresario editorialista libanés, Don Alfredo Kawage Ramia, pionero de la prensa amarillista en México y dueño de los talleres de impresión de libro único, y le pidió que le echara una mano con su imagen.

Kawage, que no era devoto ni de Martínez Manatou, ni especialmente de Echeverría, accedió a ayudarlo a cambio de “un apoyo financiero” para su nuevo proyecto editorial: una revista forjada a imagen y semejanza de la estadounidense The New Yorker que se llamaría La Capital, y desde la cual vendría la retribución.

Acuerdo cerrado, Kawage visitó al eficaz y relacionado editorialista Raymundo Ampudia, director de la revista Hoy –donde Luis de la Torre era el caricaturista estrella–, y lo invitó a trabajar en La Capital.

No sé a cambio de qué, Ampudia aceptó, y puso al servicio de Kawage buena parte de su equipo editorial, incluyendo al joven de la Torre, a quien Kawage prontamente nombró director de dibujantes.

La Capital arrancó con un buen nivel editorial (esa era su tirada), publicando a algunos escritores hoy célebres como Rosario Castellanos, Andrés Henestrosa y Alí Chumacero, con un tiraje de 50 mil ejemplares mensuales entregados a domicilio.

Cuando la disputa presidencial llegó a su punto más álgido –alrededor de agosto de 1969–, Kawage decidió que era momento de echarle la mano a su benefactor.

Para eso, le pidió a su director de dibujantes, Luis de la Torre, una ilustración de los presidenciables en la que apareciera Corona del Rosal bien dibujado y sombreado a media tinta, Martínez Manatou también a media tinta pero en el fondo, y Echeverría –a quien Kawage despreciaba– sin color. La idea era proyectar a un Corona del Rosal atractivo, frente a un Echeverría inánime y gris (para los políticos, nada mejor que una imagen).

De la Torre hizo los dibujos tal cual, y la revista se mandó imprimir el jueves o viernes previos al 5to informe de gobierno de Díaz Ordaz –que sería ese domingo–, para distribuirse el lunes 2 de septiembre de 1969.

Pero en el ínter –probablemente el día del informe, aunque no lo pude confirmar–, la Confederación de Trabajadores de México (CTM), a través de su monarca Fidel Velázquez, avaló públicamente a Luis Echeverría, destapándolo de facto (como usted recordará, la bendición de Don Fidel prácticamente significaba ‘el dedazo’).

Cuando de la Torre se enteró de que la CTM había avalado a Echeverría, supo de inmediato que La Capital, Kawage y él estaban acabados: en ese entonces, antagonizar públicamente al próximo presidente de la República –rey omnipotente, dueño de voluntades– significaba el fin de, por lo menos, tu carrera.

El lunes 2 –sin mucho margen de maniobra, pues la revista ya estaba impresa–, Don Luis se presentó a trabajar como de costumbre y, para su desgracia, se enteró de que Kawage lo andaba buscando. Temeroso, sabía que se trataba de los dibujos; la apuesta de Kawage por Corona del Rosal había fracasado peligrosamente.

Pero lo que ocurrió a continuación es más digno de la literatura que del periodismo.

Esperando encontrar a un Kawage enfurecido, angustiado o, al menos pensativo, se topó con todo lo contrario: un Kawage por demás eufórico. “¡Me desobedeciste Luis! ¡Me desobedeciste!”

El joven, desconcertado e inmóvil, como quien espera resignadamente su destino, no supo qué decir…

… pero que Dios te bendiga!”, le dijo Kawage arrojándole campechanamente la revista. “¡Que Dios te bendiga!”

Confundido, el joven dibujante la abrió y, al ver la ilustración, quedó atónito: un milagroso error de imprenta había quemado la tinta de Corona del Rosal y Martínez Manatou, que ahora aparecían completamente negros como sombras, mientras que Echeverría, al que no le habían dado color, aparecía resplandeciente como un sol.

“Kawage siempre creyó que yo lo desobedecí” me confesó Don Luis, “pero la verdad es que fue un error de imprenta; mandé el dibujo tal cual me lo pidió.”

En todo caso, la ironía de la historia no es que un milagroso error de imprenta salvara a una revista claramente arbitraria, sino que el triunfo de uno de los mayores represores de libertades –particularmente de expresión– en la historia de México, permitiera que Don Luis de la Torre, un verdadero maestro, siguiera dibujando (¿Qué hubiera pasado si Corona del Rosal hubiera ganado?)

Así eran los medios en aquella época. Una publicación podía ponerse auténticamente a temblar –o requerir un milagro– tras la designación de uno u otro candidato.  Hoy (lo dejo a consideración del lector) afortunadamente eso no sucede.

Nuestro país sigue siendo de los más peligrosos para ejercer periodismo, sí, pero hoy la libertad de expresión es constreñida por el crimen organizado y los gobiernos locales, no por el presidente o su plataforma, el ejecutivo federal.

Eso, lejos de ser perfecto, constituye un gran avance en el proceso democrático. Por un lado, porque los ideales políticos se ejemplifican, ostensiblemente, a través del gobierno federal, que es la cara pública del Estado –el modelo nacional–; y por otro, porque demuestra que el presidente ya no es un monarca todopoderoso.

*Este artículo se publicó en ADNPolítico, el portal político de CNN en México, el 28 de enero del 2014: Liga