12.03.19

Subterfugio

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El nuevo régimen es la misma élite disfrazada de Pueblo.

El Pueblo ya es subterfugio, excusa infalible. El nuevo régimen lo usa con ligereza para cualquier apología. Intérpretes autoproclamados de la voluntad popular, los dirigentes y sus propagandistas intelectuales evitan toda crítica –por más sensata y fundamentada– bajo la metonimia populista “Pueblo es régimen y régimen es Pueblo”. Máscara efectiva, sirve a los más poderosos del país para detentar el poder sin parecer élite.

Es una trampa. Sobra decir que López Obrador y Manuel Bartlett y Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal y Layda Sansores y Claudia Sheinbaum y Olga Sánchez Cordero y Porfirio Muñoz Ledo y Martí Batres y René Bejarano –con décadas viviendo del sistema: de nuestros impuestos– son élite, y en sus más altas esferas. Falta aclarar que lograron el disfraz perfecto: el del humilde y defenestrado Pueblo que al fin –casi como culminación teleológica– llegó al poder.

Un mito similar construyó la Revolución institucionalizada: el PRI. Ya no gobernaba –decía– la aristocracia decimonónica, sino el Pueblo histórico, el soberano legítimo. Los generales no eran generales, los caudillos no eran caudillos, los presidentes imperiales no eran omnipotentes –eran herederos del sacrificio popular: eran el Pueblo, aunque vivieran como reyes o ejercieran un poder análogo; e incluso eso era merecido: fruto de la justicia social revolucionaria. La apropiación lingüística de “Pueblo” le permitió a una élite rapaz sustituir a otra élite rapaz y pasar desapercibida. Peor: le dio un beneplácito, una licencia a priori.

El nuevo régimen usa al Pueblo con ligereza para cualquier apología.

Cierto, el régimen obradorista no se instaló tras una revuelta, y por tanto no refuto su legítima representatividad popular de las urnas. Someto más bien que sus biografías están tan alejadas del Pueblo al que usan –a pesar de sus fotos en fonditas– como las de la displicente tecnocracia neoliberal. Incluso si les concediéramos frugalidad asceta –lo cual es ridículo, pues se les sorprende deleitando las más exquisitas vendimias– es innegable que son poderosísimos, mucho más que el fifí promedio que por estereotipos físicos es tildado de oligarca, aunque deba ganarse la vida, y, peor, para mantener a esos dirigentes travestidos de Pueblo.

La trampa –requisito de pertenencia– viene también del púlpito intelectual, con buena parte de egresados de las mejores universidades (algunos becados por el régimen neoliberal) y colaboradores en los principales medios, si no es que ahora burócratas. Desde esa élite, repudian de “elitistas” a quienes prudentemente solicitamos credenciales y capacidades a funcionarios propuestos. No importa que la solicitud esté justificada, pues nuestra vida pública está en sus manos. Pedir méritos es inadmisible. Y quien se atreva es racista y clasista. Enemigo de la voluntad popular.

Acusar de élite a un régimen que no recluta sino remueve expertos parece una contradicción. Y lo sería si el intercambio quisiera abrirle espacios al talento desacreditado, al Pueblo no reconocido. Pero no es lo que hace el régimen. La destitución viene con nepotismo y compadrazgo, un favoritismo condicionado a la lealtad. Y si la meta es la concentración de poder con una pirámide incondicional, son preferibles los inexpertos obedientes que los instruidos independientes, pues acaso no hay mejor receta para una autocracia.

Apenas si se requiere exhibir semejante simulación. Detrás se esconden no sólo una pulsión mediocre típica del recelo demagógico a la técnica y la pericia –reacción romántica y resentida a la élite que sí es virtuosa–, y un rechazo a las diligencias debidas para que gobiernen los mejores se vistan como se vistan, sino la farsa de una élite que también es élite pero enmascarada. Un lobo vestido de oveja. Como escribió Baudelaire: el truco más fino del diablo es convencerte que no existe.

*Este artículo se publicó el 10 de marzo del 2019 en Reforma: Liga