12.10.18

Pejasus

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Gobierno espía en transición.

En unas semanas termina el llamado “gobierno espía” de Enrique Peña Nieto. Desde 2013, la organización Freedom House, dedicada a la defensa de libertades políticas, advirtió sobre la compra secreta de equipos de espionaje militar que nuestro gobierno había hecho al de Estados Unidos con valor de 355 millones de dólares. Las tecnologías, adquiridas con ayuda del Departamento de Estado estadounidense, le permitían –o debo decir, permiten– al gobierno mexicano ubicar usuarios de telefonía celular, monitorearlos en tiempo real e intervenir sus mensajes de texto.

Las revelaciones de Edward Snowden ese mismo año activaron otras alarmas. Se suscitó una discusión sobre las solicitudes de información que el gobierno mexicano –con la excusa de seguridad nacional e investigaciones penales– hacía a las principales compañías de internet sobre cuentas particulares. Animal Político documentó, por ejemplo, que en su primer año el gobierno realizó 749 peticiones de información sobre usuarios a Facebook, Twitter y Google. Cuatro años después (2017) fueron más del doble: 1539. Esas solicitudes continúan, pero no se han publicado datos del 2018.

Las compañías sostienen que sólo conceden información a solicitudes con fundamento jurídico, pero no precisan cuáles lo cumplen. Y aunque publican reportes anuales, la información es escasa: apenas algunas cifras. No revelan qué cuentas se investigan, cómo o por qué. Quizá es justificable bajo el principio de la confidencialidad de investigación, pero también constituye un pretexto perfecto para trasgredir la privacidad. Como apuntó Luis Fernando García, director de la Red en Defensa de los Derechos Digitales (R3D) en el mismo reportaje de Animal Político, “el problema son los antecedentes de violación a la privacidad de los ciudadanos por vías ilegales y por parte del gobierno… más cuando existen autoridades que no tienen reparo en violar cualquier ley para conocer datos privados de una persona.”

“El problema son los antecedentes de violación a la privacidad de los ciudadanos.”

Tuvo razón. En 2017, una investigación de Citizen Lab de la Universidad de Toronto y un reportaje de The New York Times revelaron que el gobierno de Peña Nieto había utilizado el programa Pegasus de la empresa israelí NSO Group, para intervenir comunicaciones privadas de periodistas, activistas y miembros de la sociedad civil, entre ellos Carlos Loret de Mola, Juan Pardinas de IMCO, Carmen Aristegui, y Salvador Camarena de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad. Fue un ataque –concluyeron aquellas publicaciones– sistemático, deliberado y prolongado con la intención de espiar a civiles.

El escándalo finalmente cedió. Sin embargo, a más de un año del descubrimiento no sólo no ha habido responsables sino que Citizen Lab asegura que Pegasus sigue activo. En un nuevo informe presentado apenas en septiembre de este año, el laboratorio afirma que aún hay tres operadores y 17 infecciones vigentes del programa. Al parecer, la infraestructura sólo fue parcialmente desactivada a raíz de las denuncias, pero sustituida después con una nueva.

De tal suerte que el gobierno de Peña Nieto espió a ciudadanos mexicanos –o al menos lo intentó– de principio a fin. La respectiva impunidad quedará para la historia como otro recuerdo más del semblante peñanietista, pero a unas semanas de tomar posesión otro presidente, revive la suspicacia: ¿cómo se utilizarán esos y otros programas? ¿Quién los administrará? Y más que nada, ¿quién vigilará a los nuevos vigilantes?

Con un componente adicional: que el próximo será acaso uno de los presidentes más poderosos en la historia reciente. A la cabeza de las principales instituciones del Estado, lo acompañarán centinelas que, como él, no han tenido recato en vilipendiar a disidentes y adversarios provenientes precisamente de los mismos ámbitos que durante el gobierno de Peña Nieto fueron susceptibles de espionaje: periodistas, activistas y sociedad civil. Y si al gobierno saliente nadie lo pudo limitar en ello, ¿quién podrá limitar al entrante… tan bueno que es, además, para simular santidad? De hecho, si no me equivoco, ésta es la primera vez que alguien lo pregunta. Mas no lo pronostico, sólo advierto que la ecuación es perfecta, especialmente por dos de sus factores: poder desmedido y hostilidad a la crítica.

 

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