11.11.14

Nuestra aparente desdicha

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Año con año, medición tras medición, los mexicanos rebasamos las leyes de la lógica y calificamos como uno de los pueblos más felices en el mundo.

En años recientes, las menospreciadas “ciencias de la felicidad” se han alejado de la charlatanería, de la literatura de autoayuda y de la psicología positivista para ganarse el afecto de la academia formal. El Tecnológico de Monterrey, por ejemplo, fundó un Instituto de Ciencias de la Felicidad donde estudia el fenómeno con rigor científico. La ONU, por su parte, mide la felicidad con base en el Índice de Desarrollo Humano; el semanario británico The Economist lo hace a través de su estudio estadístico Measures of well being y, recientemente, la OCDE publicó el Better Life Index, o Índice para una vida mejor en español.

La medición de la felicidad a través de los factores de éxito económico –ingreso, educación, empleo, etcétera– es deficiente.

No cabe duda que el padre del surrealismo, André Bretón, tenía razón cuando dijo que México era un país surrealista esculpido con ilusiones. Según la narrativa clásica, somos un desierto inmerso en pobreza, violencia, desigualdad, corrupción e inseguridad. Sin embargo, año con año, medición tras medición, los mexicanos rebasamos las leyes de la lógica y calificamos como uno de los pueblos más felices en el mundo.  Qu’est-ce que c’est?

Por mi parte y para dar cuenta de esta asombrosa dicotomía, echo mano del reciente Índice para una vida mejor de la OCDE. Como era de esperarse, ocupamos los últimos lugares en casi todos los factores que esa organización considera relativos al bienestar:

Cuarto peor en vivienda

Tercero peor en ingreso (salario)

Cuartil más bajo en empleo

Penúltimo lugar en comunidad

Último lugar en educación

Cuarto peor en medio ambiente

Quinto peor en salud

Último lugar en seguridad

Penúltimo lugar en balance de vida-trabajo

…pero… un momento por favor (aquí se vindica Bretón):

Noveno lugar en satisfacción de vida o felicidad. Estamos por encima de Holanda, Australia, Nueva Zelanda, Luxemburgo, Bélgica, Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y Japón. De hecho, sólo nos ganan Canadá y algunos nórdicos.

Extraño…¿no? Y por si hubiera dudas metodológicas, no es el único estudio donde esto sucede:

En el aclamado Human Beliefs and Values de Ronald Inglehart y Miguel Basáñez, México ocupa el segundo lugar mundial de felicidad: 57% de los mexicanos dijeron sentirse MUY felices. El promedio mundial es 27%.

En la base mundial de datos sobre felicidad de la Universidad Erasmo de Rotterdam, México empata en el quinto lugar con Finlandia y Noruega.

En el Measures of well being 2012 de The Economist,  42% de los mexicanos dijeron estar MUY felices, comparado con 11% en España y 28% en EUA.

En el Reporte de Felicidad Mundial 2013 de la ONU, México ocupa el lugar 16 de 156 países, por encima de EUA y la gran mayoría de Europa.

Las encuestas de BGC, Ulises Beltrán y Asociados dentro de México, muestran resultados similares: 78% de los mexicanos se sentía feliz en 2009, 82% en 2011.

Por último, según mediciones de “bienestar subjetivo” del INEGI, a inicios del 2012 el 57% de los mexicanos dijo sentirse feliz; 33% moderadamente feliz; 7% poco feliz; y sólo el 3% infeliz.

¿Cómo explicar esta ecuación? Un artículo de Gabriel Zaid titulado Extraña Felicidad  tiene una hipótesis interesante.

La medición de la felicidad a través de los factores de éxito económico –ingreso, educación, empleo, etcétera– es deficiente.

“No toma en cuenta la producción ni las satisfacciones que se producen fuera del mercado: en la familia, en el trabajo voluntario, en las comunidades indígenas. No toma en cuenta el desarrollo social, intelectual y moral […] No toma en cuenta que la misma cantidad (digamos, mil pesos) produce más y satisface más en la pobreza que en la abundancia. No toma en cuenta que se puede ser más con menos […] El estudio económico de la felicidad […] depende de muchas circunstancias no económicas: psicológicas, sociales, políticas, culturales, religiosas.”

Desde luego que ésta es una conjetura. Aún no sabemos tales circunstancias o si existe una relación insospechada entre ellas; sólo sabemos, al parecer ya con suficiente validez científica –o por lo menos estadística–, que en México tenemos la proporción correcta para ser felices.

Evitemos, empero, la despreocupación y la flojera. Si algo exige esta aparente felicidad –sobre todo en tiempos de sangre– es atender los demás rubros del informe, donde evidentemente no hay nada que celebrar, pues como dice un viejo aforismo mexicano: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.