31.07.13

Michoacán: la piedra en el zapato de Peña Nieto

Compartir:
Tamaño de texto

“Se le dice Tierra Caliente con sobrados merecimientos, por razones muy justificadas. Según algunos es susceptible de hacer huir a los mismos diablos; según otros, basta con rasguñar un poco el suelo para sacar diablitos de la cola. Unos y otros afirman haber visto difuntos terracalenteños condenados al purgatorio que volvieron por su cobija.” Luis González y González.

Se antoja irónico que Michoacán, el estado donde comenzó la guerra de Felipe Calderón, sea ahora la piedra en el zapato de Enrique Peña Nieto. Sobre todo, después de la captura del Z-40, presumida como prueba del éxito de un cambio en la estrategia contra el crimen organizado.

En mayo, tras una escalada de violencia, el gobierno puso en marcha un operativo militar en ciertas zonas del estado, sobre todo en la Sierra de Coalcomán y Tierra Caliente. Pero las cosas empeoraron tanto, que la semana pasada Peña Nieto reconoció –casi con obligada humildad– que hay zonas enteras donde gobierna el crimen organizado. Menos de una semana después, tenemos 36 muertos, incluyendo el recientemente abatido Vicealmirante Carlos Miguel Salazar Ramonet.

Peña Nieto heredó un problema difícil.

Si nos detenemos en los pormenores, lo que ocurre actualmente es la disputa por la Sierra de Coalcomán y Tierra Caliente entre Los Caballeros Templarios, escisión de La Familia, y el cártel Jalisco Nueva Generación, vinculado al cártel del Pacífico. ­Esa es la escena momentánea, circunstancial. Pero lo de fondo, lo importante, es que no hay autoridad del Estado, como bien hizo en reconocer el Presidente. Y de ahí tenemos que partir.

María Elena Morera, Presidenta de Causa Común y activista involucrada en Michoacán, ha dado testimonio de la absoluta escasez de autoridad en algunas partes del estado. Por ejemplo, en su reciente columna Michoacán: al borde del precipicio, relata cómo parte del territorio está totalmente controlado por el crimen organizado: no funcionan ni las escuelas, ni los servicios fiscales, ni las instituciones de justicia; desde las policías municipales, hasta los diputados locales, las cabezas de la hidra alcanzan todos los rincones.

Falko Ernst, investigador doctoral del Centro de Criminología de la Universidad de Essex, Inglaterra, vivió un año en Michoacán estudiando al crimen organizado y formas de gobierno alternativas en el estado. Me contó en entrevista que, por ejemplo, Los Caballeros Templarios “mantienen el control sobre una gran parte del territorio porque asumen el papel de una gobernanza alternativa.”

Y también está la complicidad. Según Ernst, “varios actores de ambos lados –criminales y gobierno– buscan la acomodación mutua; establecen conjuntamente formas de control político local e incluso explotación sistemática de recursos.” Añade que “sin la complicidad o incluso el apoyo de fracciones del Estado, las organizaciones criminales no podrían subsistir.”

En consecuencia, el pueblo michoacano ya no distingue entre autoridad y criminales –pues­ de facto son lo mismo. Algunos ciudadanos –ya sea por miedo o buscando beneficios que el Estado no ofrece– prefieren apoyar a criminales como Los Caballeros Templarios, quienes usan una mezcla de religión mesiánica y altruismo para ganar apoyo social.  Otros, se organizan en grupos de autodefensa armados (en ocasiones disfraces de los propios criminales), y como única salida, toman la justicia con sus propias manos, generando más violencia.

Un reciente video publicado por La Jornada en línea, en el que se entrevista al líder de la autodefensa ciudadana de Tepalcatepec, un municipio de Tierra Caliente, es prueba del grado de ausencia del poder del Estado. Los criminales habían logrado tal penetración, tal apropiación de los asuntos públicos, que cobraban impuestos no sólo a actividades comerciales, sino a la vida misma, es decir, impuesto por el derecho a vivir. Ante esta situación, los ciudadanos de Tepalcatepec –totalmente abandonados por la autoridad– tuvieron que tomar las armas. ¿Qué otra opción? Los criminales entraban a sus casas a exigir a sus hijas y mujeres.

Y ese es el meollo del asunto. Como escribió Jorge Chabat, profesor de Estudios Internacionales del CIDE en su columna No es lo mismo pero es igual, “la verdad es que el problema es estructural: el Estado mexicano simplemente no funciona, por más que sus gobernantes le echen ganas. Ésa es la terrible realidad.”

A eso súmele usted que por el momento no hay gobernador (en ausencia por enfermedad), que los pasados líderes –como el perredista Godoy– se vendieron al crimen, que se trata de un territorio histórica y geográficamente difícil de gobernar, que tiene uno de los peores desempeños educativos del país y una de las mayores deudas públicas, y he ahí el resultado.

Peña Nieto heredó un problema difícil. Con sobrada ironía, se pondrá a prueba su tan encopetada nueva estrategia en el estado en el que, hace siete años, nació esta cruenta guerra. Perder Michoacán significaría perder legitimidad y, como Calderón, podría quedarse solo.

¿Qué hizo Vasco de Quiroga, en 1537, para ganarse al indómito pueblo michoacano? Construir hospitales, escuelas, iglesias, acercarse a la gente, hablar su idioma, dialogar –tácticas que hoy usan los grupos criminales. ¿Sería mucho pedírselo al Estado?

*Este artículo se publicó el 2 de agosto del 2013 en ADNPolítico: Liga