29.10.13

Corrupción en México: renovación cultural

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Hagamos que la corrupción provoque ignominia, vergüenza, infamia y deshonor.

Fue a partir del Gran Acuerdo del Tabaco de 1998 –representado en la película The Insider de Michael Mann– que el número de fumadores en Estados Unidos empezó realmente a declinar.

El acuerdo no sólo obligó a las tabacaleras a pagar una indemnización de 246 mil millones de dólares para compensar los daños a la salud pública, sino que estableció preceptos para limitar su operación publicitaria y mercadotécnica, acotar los espacios públicos para fumadores, gravar altos impuestos al tabaco y, lo más importante, financiar campañas de comunicación contra el tabaquismo.

Estos procesos de renovación cultural se fraguan a través de nuevos premios y castigos que están más allá de la ley.

Sin menospreciar las otras medidas, estas campañas de comunicación fueron trascendentales porque aportaron un elemento muy poderoso y revolucionario contra el tabaquismo, una estrategia aún más radical: desprestigiar moral, social y estéticamente al fumador.

Según el Comité Anti-Tabaco de la Asociación Nacional de Procuradores de Justicia (los mismos fiscales que ganaron el juicio a las tabacaleras), estas campañas de desprestigio jugaron un papel crucial. En sólo siete años, los gringos redujeron su consumo total de tabaco a niveles de los años 50s y el consumo per cápita a niveles de los años 30s, según la misma asociación.

La campaña más famosa, The Truth, realizada por la American Legacy Foundation (una fundación financiada por el Acuerdo), se propuso disociar al tabaco del glamour y la elegancia, y asociarlo con la suciedad, el vicio y la degeneración. Y parece que lo logró porque para la gran mayoría de los gringos hoy, sobre todo los jóvenes, fumar es un acto feo y sucio, según estadísticas del Comité Anti-Tabaco arriba mencionado.

Lo mismo pasó con el racismo, conducta que hasta hace 50 años era tolerada –incluso premiada– y ahora es colectivamente condenada. Cometer ese pecado hoy, al menos públicamente, garantiza una ruina triste. Le acaba de pasar a la famosísima chef televisiva Paula Deen quien, gracias a un par de comentarios racistas, perdió su programa de televisión, sus patrocinios, publicaciones y, lo más doloroso, su reputación.

Lo interesante de estos procesos de renovación cultural es que se fraguan a través de nuevos premios y castigos que están más allá de la ley. No la excluyen ni sustituyen, por el contrario –la acompañan como sustento; sin embargo, sí tienen un carácter supralegal que, se podría argumentar, es muy poderoso.

Por eso, mi propuesta es que los mexicanos hagamos lo mismo con la corrupción: hagamos que provoque ignominia, vergüenza, infamia y deshonor. Citando a Claudio X González en su reciente artículo El Mundo CNTE, comencemos “un cambio cultural donde la corrupción provoque vergüenza y no sea considerada normal.”

Como en LaLetra Escarlata de Nathaniel Hawthorne, marquemos con una gran ‘C’ roja el pecho de los corruptos; bordemos sus vestidos con una señal perpetua; exhibámoslos públicamente. Si el castigo moral de la sociedad se vuelve suficientemente fuerte más allá de la ley, como le sucedió a Paula Deen, se compensarán los huecos legales y la corrupción será vencida. Es cosa de unos años.

Se necesita, eso sí, mucha voluntad ciudadana y un cambio todavía más profundo, un cambio casi espiritual: que cumplir la ley se autojustifique, que produzca satisfacción moral, que como dijo Benjamin Franklin, sea una virtud per se. ¿Tenemos esa voluntad los mexicanos? No sé, pero por lo menos deberíamos intentarlo. ¿Por qué no aprovechar el ambiente reformista actual?

*Este artículo se publicó el 20 de octubre del 2013 ADNPolitico: Liga